miércoles, 1 de mayo de 2024

Paul Auster y más. DEP. (1947-2024)

Ayer estuve en el velatorio del padre de un amigo mío, y hace un mes y medio en el del padre de otro. Hablo de dos amigos íntimos, de esos excasos que uno tiene a lo largo de la vida y que tiene la suerte de mantener pasados muchos años (décadas). A uno lo conocí cuando apenas teníamos cuatro o cinco años (en realidad no logramos recordarlo, éramos demasiado pequeños, pero yo le saco nueve meses, así que supongo él tendría cuatro y yo cinco), y a otro con trece, catorce. 

Y debo encadenar esto con que el hecho de que hoy falleció el escritor estadounidense Paul Auster. Sin ser un lector propiamente dicho, ni mucho menos, de su obra narrativa, leí el otoño pasado el recopilatorio de sus ensayos, casi 800 páginas (aparte de un un estupendo diálogo epistolar con el novelista sudafricano y ganador del nobel en 2012, J.M. Coetzee, éste del cual si me he leído gran parte de su obra), y debo señalar que me los leí del tirón, -los devoré literamente- ya que parecieron realmente brillantes. Huelga decir que es un hombre de extraordinaria erudición, pero no por ello aburrido, sino todo lo contrario, además de poseer una escritura precisa, fluida y realmente amena -que hace que no puedas dejar de leerlo-, me di de bruces con una mente lúcida y preclara llena de inquietudes, gran sentido del humor, talento creativo, dotado de una sensibilidad y unas cualidades humanas incomensurables.

Esta mañana, al enterarme de su muerte, saqué del armario el ensayo que tenía echando polvo, y encontré este pasaje que yo había subrayado a lápiz (entre otros muchos). Lo curioso es que no fui deliberadamente a buscarlo, sino que me puse a leer unas páginas, se me cayó al suelo, y al recogerlo se abrió justo en la página donde estaba. Resulta cuando menos llamativo viniendo de este autor, cuyas obras tratan acerca del azar, las casualidades imposibles, las sincronías o las serendipias, o que ha dicho cosas como: "Me han ocurrido tantas cosas extrañas en la vida, tantos acontecimientos inesperados e inverosímiles, que ya no estoy seguro de saber qué es la realidad". Tiene bastante que ver con esta época que yo y mis amigos estamos atravesando, esas edades donde ya uno está muy cerca de los cincuenta, ves a mucha cercana gente morir, vamos sufriendo ese proceso de envejecimiento inexorable, nos acordamos de los que están y de los que no están, y de esos pocos que queremos y nos han querido a lo largo de nuestras vidas:

Estoy bien entrado en la cincuentena y las cosas cambian cuando envejeces. El tiempo empieza a escaparse y la aritmética más sencilla te dice que hay más años detrás de ti que delante, muchos más. Tu cuerpo empieza a desmoronarse, tienes dolores y molestias que antes no estaban allí, y poco a poco la gente que amas empieza a morir. A los cincuenta, a la mayoría de nosotros nos visitan los fantasmas. Viven en nuestro interior y pasamos tanto tiempo hablando con los muertos como con los vivos. Es difícil que un joven entienda eso. No es que una persona de veinte años no sepa que va a morir, pero la pérdida de los demás afecta de manera muy profunda a una persona de más edad, y no puedes saber qué va a provocarte esa acumulación de pérdidas hasta que la experimentas por ti mismo. La vida es tan breve, tan frágil, tan desconcertante. Después de todo, ¿a cuánta gente queremos de verdad en el transcurso de toda una vida? Sólo a unos pocos, muy pocos. Cuando la mayoría de ellos se han ido, el mapa de tu mundo interior cambia. Como me dijo una vez mi amigo George Oppen sobre el hecho de envejecer: “Qué raro que le pase esto a un niño”.

Paul Auster (1947-2024). DEP.




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