martes, 23 de junio de 2026

Crónica de un iniciado (1991). Abelardo Castillo.

"GRACIELA, TE LLAMABAS. Hoy he vuelto a Córdoba; caminé solo por recovas amarillas, bajo las cúpulas y las arcadas y los tordos. Creí reconocer un campanario, algún hastial de piedra inscripto con letras rígidas, el arco colonial de una fachada, la sombra de un balcón sobre una tapia. Entré en bares y salí de bares, llovió, y una vez más me pregunté cómo eras. Llueve. Es trivial, lo sé, pero esta tarde caminé bajo la lluvia junto a los largos paredones de piedra donde asoman esos árboles de los que habló Santiago. Más antiguos que la ciudad. «Árboles», dijo, «que si los ves de pronto a medianoche no sabes si ponerte a rezar o a pegar saltos desnudo bajo la luna, callejones ciegos, chango, árboles en avenidas titánicas, antiguos como el miedo, y al final de los árboles un monasterio donde se ahorcó un jesuíta». Y ahora recuerdo el perfil aindiado de Santiago, su traje gris que se borraba contra los paredones, y es misteriosamente lo que mejor recuerdo de aquel hombre: su perfil y su silueta delgada, brumosa, bajo su traje gris un poco grande que le daba un aspecto vago, huidizo, como si anduviera siempre caminando contra el viento. Era riojano, tal vez. O jujeño. O a lo mejor ninguna de las dos cosas, pero a mí, no sé por qué, me gustó que fuese jujeño, del mismo modo que elegí tu risa: un matiz sombrío de tu risa, que si no existió debiera haber existido. Literatura, supongo. Las palabras que hacen tan fácil una lluvia, que se meten en la vida (en mi vida) y la desplazan, desalojan tu cuerpo real y tus ojos —pardos, raros, parecidos a los de otra mujer y tal vez por eso te dije que te quería, o te quise— ojos que en algún momento de esa primera noche me hicieron decir una idiotez, salpicados como eran de puntitos negros, de gata, eso fue lo que dije. Y vos te burlaste. «Es fatal», dijiste sonriendo: «Los gatos, las brujas». Tenías la voz oscura, alargada en un canturreo. Cierto, dije molesto, la originalidad. Me mirabas. Que la originalidad se la regalo a los que no tienen otra cosa. Dijiste que no era para tanto y dejaste de sonreír. Después no sé. Una de esas conversaciones caóticas y disparatadas que son como tanteos o como señales luminosas emitidas en la oscuridad por dos que se buscan, cuando uno ya siente que se orienta hacia el otro, que se aproxima al centro de la otra incógnita. Una especie de juego en que la carta mágica puede aparecer en cualquier momento. Hay que estar muy alerta. Una palabra aparentemente casual o un gesto imperceptible: pequeños datos que luego se utilizarán para insistir en esa dirección o para cambiar de rumbo. Como cuando las fogatas de San Pedro y San Pablo, pensé esa noche, o pienso ahora, como perseguir un rostro en esas romerías de pueblo en las que me deslumbraba una muchacha desconocida y la buscaba guiándome por su vestido o el de sus compañeras, por alguien que va delante o detrás de ella hasta que en cualquiera de las vueltas el orden se desbarata y la muchacha ya no aparece detrás de quien debió aparecer..." 

466 páginas. Publicada en 1991. Abelardo Castillo, San Pedro, Argentina (1935-2017)




martes, 9 de junio de 2026

Los males de la sociedad contemporánea. Michel Houellebecq.

De Houellebecq podría decirse mucho, pero a Houellebecq hay que leerlo; hay que leer Ampliación del campo de batalla, hay que Plataforma, hay que leer Las partículas elementales, hay que leer Serotonina, hay que leer (sip) La posibilidad de una isla, etc. En su obra se aliñan los males contemporáneos de la posmodernidad, trazando en cada novela una incisiva crítica -absolutamente demoledora- sobre decadencia y el cinismo de la sociedad occidental. La manipulación de los mass-media, la epidemia de la soledad, la competición sexual y narcisista, el individualismo, la alienación consumista, la imposibilidad del amor o el hastío existencial, entre otros, radiografían una sociedad donde no se puede vivir, e impone un falso eslogan de felicidad.


Michel Houellebecq, escritor: 

“La cultura es una compensación necesaria unida a la infelicidad de nuestras vidas”

Una frase de 'Plataforma' permite entender la mirada de Michel Houellebecq sobre la cultura, la soledad y el malestar contemporáneo


"La frase no es solo una provocación. Resume una visión del mundo. Para Michel Houellebecq, la cultura no siempre aparece como una cima espiritual, sino como una respuesta a una carencia. Leemos, vemos películas, escuchamos música o acudimos al arte no porque nuestras vidas estén completas, sino precisamente porque no lo están.

En buena parte de la tradición moderna, la cultura ha sido presentada como una vía de elevación. Una forma de mejorar al ser humano, hacerlo más libre, más sensible o más consciente. Michel Houellebecq rompe con esa lectura optimista. En su literatura, la cultura no redime del todo. A veces solo entretiene. A veces solo aplaza el dolor.

(...)

Si la vida afectiva fuera plena, si el trabajo no vaciara al individuo, si el amor no se hubiera convertido en una forma de competencia o fracaso, quizá la cultura no tendría que cargar con tanto peso. En la mirada de Michel Houellebecq, el arte funciona muchas veces como una muleta. No cura la herida, pero permite caminar un poco más.

La cultura, en ese contexto, no aparece como un templo, sino como una industria más dentro del gran sistema de compensaciones de la vida moderna. Viajes, libros, películas, sexo, gastronomía, hoteles, museos. Todo puede convertirse en una forma de tapar el vacío. Y ahí está la incomodidad de Houellebecq. No señala solo a sus personajes. Señala también al lector.

Esa es una de las razones por las que Michel Houellebecq sigue generando rechazo y fascinación. Puede resultar brutal, desagradable o excesivo, pero pocas veces es irrelevante. Sus novelas parecen escritas desde una especie de laboratorio del malestar, como si el autor observara al ser humano contemporáneo con una mezcla de frialdad clínica y tristeza animal".









miércoles, 3 de junio de 2026

AGELASTO. Gratis desde hoy 3 al 7 de junio en Amazon

Gratis en Amazon desde hoy 3 al 7 de junio.

"El protagonista de esta novela no tiene nombre ni rostro. Podrías ser tú, yo o el vecino de enfrente. Es un hombre que ha olvidado cómo reír (un agelasto) y habita al margen. Tiene un trabajo mediocre y sobrevive a base de Valium, café recalentado y el recuerdo en flash de una mujer que lo abandonó hace diez años.
Es un organismo vivo que funciona maquinalmente bajo un sistema de reflejos condicionados. Su soledad no es un drama existencial, ni una pérdida de emoción por la vida; sencillamente no experimenta los fenómenos que le rodean, no habita el teatro de las pasiones de la vida, de “la comedia humana”, que dijo Balzac.
Solo lo atraviesa, analizando la realidad como haría un entomólogo profesional con un hormiguero.
Agelasto no es un thriller sobre un justiciero en un mundo que se ha venido abajo, es una novela donde la incomunicación humana se hace visible de manera colosal. Es la historia de un individuo alienado y sin empatía, un ser anómico que funciona por meros automatismos hasta que algo sucede, hasta que una noche mientras sigue a un hombre se encuentra con el horror; y esto le hace reaccionar. Quien conoce el personaje de Mersault reconocerá a nuestro innominado, llevado al límite.
No te voy a mentir: esta no es una novela para leer y olvidar. Es un libro que te incomodará desde el inicio, que te hará mirar por el mundo de otra forma. O quizá no. Si alguna vez has sentido que la realidad es una farsa de apariencias y desvíos malogrados, acompáñame.
Gracias por apoyar la literatura que se escribe a contracorriente. Y gracias, de verdad, por leer hasta el final"
Marcos Velasco